– ¿Acaso existe otro tipo? -espetó Tippen con los labios fruncidos.

– Pues sí, las que salen contigo -replicó Liska-, o sea, las masoquistas.

Tippen le arrojó un nacho.

Kovac se examinó con ojo crítico en el espejito de bolsillo de Liska. Una médico residente estresada le había limpiado y cosido el corte de la frente en la unidad de urgencias del centro médico del condado de Hennepin, adonde solían acudir los criminales para que les cosieran los balazos o los metieran en el depósito de cadáveres. Le daba vergüenza ir al hospital sin ni siquiera un triste balazo, y la joven doctora le había dado a entender que tratar heridas de menor consideración no estaba a su altura. Cabe añadir que no se produjo atracción sexual alguna entre ellos.

Evaluó los daños con atención. Su rostro era un rectángulo salpicado de arrugas producidas por el estrés, un par de cicatrices y una nariz aguileña aunque torcida que casaba a la perfección con la boca torcida y sardónica que asomaba bajo el imprescindible mostacho de policía. Tenía el cabello más gris que castaño, y una vez al mes pagaba diez pavos a un barbero noruego para que se lo cortara, razón por la que, con toda probabilidad, su melena tendía a erizarse.

Nunca había sido guapo en el sentido clásico del término, pero tampoco ahuyentaba a las mujeres precisamente, al menos no por su físico, de modo que una cicatriz más carecía de importancia.

Liska lo miró mientras se tomaba la cerveza.

– Te da carácter, Sam.

– Lo que me da es dolor de cabeza -refunfuñó su compañero al tiempo que le devolvía el espejito-. Ya tengo todo el carácter que necesito

– Bueno, te daría un beso para que dejara de dolerte, pero me cargué la rótula del tipo que te lo hizo, así que ya he cumplido.

– Y te sorprendes de seguir soltera -suspiró Tippen.

Liska le lanzó un beso.

– Quien me quiere a mí, quiere a mi porra. O en tu caso, Tippen, chúpame la porra.



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