
Uno de los paniaguados se acercó Polaroid en ristre, y el flash estuvo a punto de dejarlo ciego.
– Para el álbum de recortes -explicó el sirviente, un guaperas de treinta y tantos años, cabello negro reluciente, ojos azul cobalto y el físico propio para salir en una serie de segunda.
– Tengo entendido que has recibido otro mamporro por la causa -gritó Wyatt sin dejar de sonreír-. Maldita sea, Kojak, déjalo ahora que todavía estás a tiempo.
– Me quedan siete años, colega -repuso Kovak-. No es que los peces gordos del cine se peleen por mí precisamente. Por cierto, felicidades.
– Gracias. El hecho de que el programa se retransmita por la televisión nacional puede marcar la diferencia.
En tu cuenta bancaria, pensó Kovac, aunque se guardó de decirlo. A tomar por el culo. Nunca le habían atraído los trajes de diseño ni hacerse la manicura una vez por semana. No era más que un poli, y eso era lo que siempre había querido ser. Ace Wyatt, en cambio, siempre había tenido las miras puestas en destinos más grandes, mejores, más brillantes. Quería alcanzar las esferas más altas del poder y hacerse con todas y cada una de ellas.
– Me alegro de que hayas podido venir a la fiesta, Sam.
– Ya sabes, soy poli. Dondequiera que haya comida y bebida gratis, ahí voy yo.
La mirada de Wyatt ya buscaba manos más importantes que estrechar. El guaperas de su séquito llamó su atención sobre la cámara de televisión, y la sonrisa de Wyatt se intensificó unos cuantos centenares de vatios más.
Liska se levantó de su silla como impulsada por un resorte y alargó la mano antes de que Wyatt tuviera ocasión de alejarse.
– Capitán Wyatt, soy Nikki Liska, de Homicidios. Es un placer conocerlo; me gusta mucho su programa.
Kovac la miró con las cejas enarcadas.
– Es mi compañera, una rubia ambiciosa -la presentó.
– Eres un tipo con suerte -comentó Wyatt con cierto machismo bonachón.
