No repararían en su ausencia hasta que el bar estuviera a punto de cerrar, y aun entonces la añoranza sería más que pasajera.

¿Dónde está Kovac? ¿Se ha ido? Pásame los cacahuetes.

Se dirigió hacia la puertas.

– ¡Eras el mejor poli del cuerpo, joder! -vociferó de repente un borracho-. ¡Y los que no estén de acuerdo que vengan a hablar conmigo! ¡Vamos, vamos! ¡Daría las dos piernas por Ace Wyatt!

El borracho estaba sentado en una silla de ruedas ladeada sobre los tres escalones que conducían a la sala principal del bar, donde se hallaba Wyatt, y no tenía piernas que dar, pues las suyas habían quedado inutilizadas veinte años antes. De ellas no quedaba más que los huesos escuálidos y los músculos atrofiados. En cambio, poseía un rostro relleno y colorado, y un torso poderoso como un tonel.

Kovac sacudió la cabeza y avanzó hacia la silla de ruedas en un intento de captar la atención de su anciano ocupante.

– ¡Eh, Mikey! Que nadie te lo discute -dijo. Mike Fallon se lo quedó mirando sin reconocerlo y con los ojos relucientes de lágrimas.

– ¡Es un puto héroe, y que nadie se atreva a decir lo contrario! -espetó enojado mientras extendía un brazo en dirección a Wyatt-. ¡Quiero a ese hombre! ¡Lo quiero como si fuera mi propio hijo!

La voz del anciano se quebró al pronunciar la última palabra, y su rostro se contrajo en una mueca de dolor que no guardaba relación alguna con la cantidad de whisky Old Crow que había ingerido en las últimas horas.

Wyatt perdió la sonrisa de anuncio mientras caminaba hacia él. De repente, la mano izquierda de Mike Fallon cayó sobre la rueda de la silla. Kovac dio un salto hacia delante y chocó con otro borracho.

La silla cayó por la escalinata, y su ocupante salió despedido. Mike Fallon cayó al suelo como un saco de patatas.



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