
Kovac empujó a un lado al otro borracho y descendió los tres escalones. La muchedumbre había retrocedido unos pasos por el susto. Wyatt permanecía inmóvil a unos tres metros de distancia, mirando a Mike Fallon con el ceño fruncido.
Kovac apoyó una rodilla en el suelo.
– A ver, Mikey, vamos a levantarte. Parece que has vuelto a confundir la cara con el culo.
Alguien enderezó la silla de ruedas. El anciano se tendió de espaldas e hizo un desesperado intento por incorporarse, aunque lo único que consiguió fue retorcerse como una foca varada mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas. Un tipo al que Kovac conocía de Atracos lo asió de una axila mientras él lo asía de la otra, y entre los dos volvieron a sentar a Fallon en la silla.
Los presentes les dieron la espalda, sintiendo vergüenza ajena por el anciano. Fallon inclinó la cabeza en un ademán de abyecta humillación, una imagen que Kovac habría deseado no presenciar jamás.
Conocía a Mike Fallon desde el día en que ingresó en el cuerpo. Por aquel entonces, todos los patrulleros de Minneapolis conocían a Iron Mike y seguían su ejemplo y sus órdenes. Muchos de ellos habían llorado como niños cuando recibió los disparos que le inutilizaron las piernas. Pero verlo en aquel estado, quebrado en todos los sentidos, rompía el corazón.
Kovac se arrodilló junto a la silla y apoyó una mano en el hombro de Fallon.
– Venga, Mike, vámonos a casa, ¿vale? Yo te llevo.
– ¿Estás bien, Mike? -inquirió Wyatt con voz forzada cuando por fin se acercó.
Fallon extendió una mano temblorosa hacia él, pero no consiguió reunir valor suficiente para alzar la mirada cuando el capitán se la estrechó.
– Te quiero como a un hermano, Ace, como a un hijo. Más aún. Sabes, no tengo palabras para…
– No tienes que decir nada, Mike, de verdad.
