
– Creemos que ese tipo puede estar implicado tanto en el Nixon como en el Truman, Lou. Me parece que Nación Aria quiere empezar a llamar el caso Los Presidentes Muertos.
Kovac lanzó una carcajada a medio camino entre ladrido y resoplido.
– Como si esos capullos fueran capaces de reconocer a un presidente aunque lo tuvieran delante de las narices.
Liska alzó la mirada hacia él.
– Elwood lo tiene en la habitación de invitados. Más vale que vayamos antes de que esto se salga de madre.
Leonard retrocedió un paso con el ceño fruncido. Carecía de labios, y sus orejas sobresalían perpendiculares al cráneo como las de un chimpancé. Kovac lo llamaba el Mono de Latón. En aquel instante ponía cara de que la resolución de un asesinato fuera a estropearle el día.
– No se preocupe -lo tranquilizó-. Hay asaltos para dar y vender.
Le dio la espalda antes de que Leonard pudiera reaccionar y se dirigió a la sala de interrogatorios con Liska.
– ¿Así que ese tipo estuvo implicado en lo de Nixon?
– Ni idea, pero a Leonard le ha gustado.
– Atontado -masculló Kovac-. Habría que sacarlo de su despacho y enseñarle lo que pone en la puerta. Pone «Homicidios», ¿no?
– Que yo sepa sí.
– Lo único que le interesa es resolver asaltos.
– Los asaltos de hoy son los homicidios de mañana.
– Eso quedaría genial en un tatuaje. Y se me ocurre el sitio perfecto donde podría ponérselo.
– Pero necesitarías un casco de minero para leerlo. Te regalaré uno por Navidad; eso te dará una razón para seguir adelante.
Liska abrió la puerta y entró precedida de Kovac en la sala de interrogatorios, que no era más espaciosa que un armario, la típica estancia que los arquitectos califican de «íntima». De acuerdo con las últimas teorías sobre el modo de interrogar a la escoria, la mesa era pequeña y redonda, sin una zona preferente. Todos los que se sentaban alrededor de ella eran iguales. Colegas. Confidentes. Pero no había nadie sentado a ella.
