
Elwood Knutson estaba de pie en el rincón más cercano, con aspecto de oso de Disney con sombrero hongo de fieltro negro. Jamal Jackson ocupaba el rincón opuesto, junto a la inútil y vacía librería empotrada y bajo la videocámara instalada en la pared, tal como requería la ley de Minnesota, para demostrar que los policías no arrancaban confesiones a los sospechosos a base de palizas. La actitud que exhibía Jackson le quedaba tan mal como la ropa que vestía. Llevaba unos vaqueros de la talla de Elwood que le pendían flojos del culo escuálido y un enorme y abultado anorak de plumón con los colores negro y rojo de Nación Aria. Tenía el labio inferior más grueso que una manguera y en ese instante adelantado en un mohín.
– Oye, tío, todo esto es una parida. Yo no me he cargado a nadie -aseguró a Kovac.
El detective arqueó las cejas.
– ¿Ah, no? Vaya, pues debe de tratarse de un error. -Se volvió hacia Elwood con las manos extendidas-. ¿No decías que era nuestro hombre, Elwood? Dice que no ha sido él.
– Debo de haberme equivocado -repuso Elwood-. Le ruego que me disculpe, señor Jackson.
– Haremos que te lleven a casa en un coche patrulla -ofreció Kovac-. Podemos decirles que anuncien por el megáfono a tu hermandad que no teníamos intención de detenerte, que ha sido un error.
Jackson se lo quedó mirando mientras movía el labio arriba y abajo.
– Podemos decirles que anuncien específicamente que sabemos que no tuviste nada que ver en el asesinato de Deon Truman. Así todo el mundo tendrá claro por qué te trajimos a comisaría. No nos gustaría que por culpa nuestra circularan rumores desagradables sobre ti.
– ¡A tomar por el culo, tío! -gritó Jackson con voz estridente-. ¿Es que pretende que me maten?
Kovac se echó a reír.
– Pero si acabas de decir que no fuiste. Ya puedes irte a casa.
– ¿Y que los hermanos crean que he hablado con ustedes? Acabarían conmigo en tres segundos. ¡Y una mierda, tío!
