
Jackson dio unos pasos por la habitación mientras se tiraba de las breves trenzas que salían disparadas en todas direcciones desde su cabeza. Llevaba las manos esposadas ante sí y miraba a Kovac con expresión hostil.
– Métame en la cárcel, cabrón.
– No puedo, y eso que me lo pides con mucha educación. Lo siento.
– Estoy detenido -insistió Jackson.
– No si no has hecho nada.
– He hecho de todo.
– ¿Así que confiesas? -terció Liska.
Jackson le lanzó una mirada incrédula.
– ¿Quién coño es esta? ¿Su novia?
– No insultes a la señorita -advirtió Kovac-. Dices que te cargaste a Deon Truman.
– Y una mierda.
– Entonces, ¿quién lo hizo?
– Que le den por el saco, tío. No le voy a decir una mierda.
– Elwood, encárgate de que el caballero vuelva a casa como Dios manda.
– ¡Pero estoy detenido! -aulló Jackson-. ¡Métanme en la cárcel!
– Que te den -dijo Kovac-. La cárcel está abarrotada y además no es un hotel, joder. ¿De qué se le acusa, Elwood?
– Merodear con fines criminales, creo.
– Una falta menor.
– ¡Y una porra! -chilló Jackson, indignado, mientras señalaba a Elwood con los dos índices-. ¡Me vio vendiendo crack en la esquina de Chicago con la Veintiséis!
– ¿Llevaba encima crack cuando lo detuviste? -inquirió Kovac.
– No, señor, aunque sí una pipa.
– ¡Tiré la mercancía antes de que me detuviera!
– Posesión de parafernalia para consumir drogas -recitó Liska sin inmutarse-. Ya ves. Suéltalo, Kovac. No merece la pena retenerlo.
– ¡Que te den por el culo, zorra! -siseó Jackson, avanzando hacia ella-. ¡Chúpamela!
– Antes me arrancaría los ojos con un clavo oxidado -replicó Liska.
Avanzó hacia Jackson con la gélida mirada azul clavada en él como un láser.
– No te la saques, Jackson. Si vives lo suficiente, puede que en la cárcel conozcas a algún tío amable que te la mame.
