
– No va a ir a la cárcel -insistió Kovac-. Acabemos con este asunto de una vez. He quedado para ir a una fiesta.
Jackson atacó cuando Kovac se volvía hacia la puerta. Agarró uno de los estantes sueltos de la librería y se abalanzó sobre él por la espalda. Desprevenido, Elwood gritó un juramento y saltó, pero demasiado tarde. Kovac giró sobre sí mismo de modo que el canto del estante le practicó un considerable corte sobre la ceja izquierda.
– ¡Maldita sea!
– Joder!
Kovac cayó de rodillas con la vista nublada por el golpe. El suelo se le antojaba de goma bajo el cuerpo.
Elwood asió las muñecas de Jackson y tiró de sus brazos hacia arriba. El estante salió despedido, y otro canto arañó la pared nueva.
De repente, Jackson profirió un grito, y su rodilla izquierda cedió bajo su peso. A medio camino del suelo volvió a gritar y arqueó la espalda. Elwood se apartó de un salto con los ojos abiertos de par en par.
Liska se montó sobre Jackson y le oprimió una rodilla sobre la espalda en el instante en que el rostro del hombre se estrellaba contra el suelo.
En aquel momento, la puerta de la sala se abrió, y por ella entró media docena de detectives con las armas desenfundadas. Con expresión inocente y sorprendida, Liska sostuvo en alto una porra táctica.
– Madre mía, mirad lo que he encontrado en uno de mis bolsillos -exclamó burlona.
Dicho aquello, se inclinó sobre Jackson.
– Por lo visto, hoy se va a cumplir uno de tus deseos, Jamal -le murmuró seductoramente al oído-. Quedas detenido.
– Qué mariconada.
– ¿Es una opinión profesional, Tippen?
– Que te den, Tinks.
– ¿Expresan tus palabras un deseo oculto, Tippen?
Todos los presentes lanzaron una carcajada, la clase de carcajada dura y amarga que soltaban las personas acostumbradas a presenciar demasiadas miserias de forma cotidiana. El sentido del humor de los policías era grosero y mordaz porque el mundo en el que vivían era salvaje y cruel. No tenían tiempo ni paciencia para bromitas a lo Noel Coward.
