
El grupo ocupaba una codiciada mesa esquinera en Patnck's, un pub de nombre irlandés que regentaban unos suecos. Los días normales, el pub, situado en un lugar estratégico, equidistante entre la comisaría central de Minneapolis y la oficina del sheriff del condado de Hennepin, estaba abarrotada de policías a aquella hora. Los policías del turno de día iban al acabar la jornada para preparar un poco el terreno personal. También acudían policías jubilados que habían descubierto que no podían entablar relaciones con seres humanos corrientes al acabar su carrera, y polis del turno de noche que cenaban allí en compañía y mataban el tiempo antes de iniciar la ronda. Sin embargo, aquel no era un día cualquiera; la concurrencia habitual se veía engrosada por jefazos del departamento, políticos locales y periodistas, indeseables apéndices que intensificaban la tensión del ambiente ya cargado de humo y palabras gruesas. Un equipo de una de las televisiones locales estaba instalando sus aparejos junto al escaparate.
– Deberías haber pedido que te pusieran puntos de verdad, de los de antes -prosiguió Tippen.
Sacudió la ceniza del cigarrillo, se lo llevó a los labios y dio una larga chupada mientras observaba atentamente a los de la tele. Poseía un rostro propio de un sabueso irlandés, alargado y más bien feúcho, con un hirsuto bigote gris e inteligentes ojos oscuros. Era detective de la oficina del sheriff y había formado parte del equipo que había investigado los asesinatos del Incinerador
– Habría quedado peor que el monstruo de Frankenstein -objetó Liska-. Con las grapas en mariposa, en cambio, le quedará una cicatriz finita y pulcra, la clase de cicatriz que las mujeres consideran sexy.
– Las mujeres sádicas -puntualizó Elwood.
