
Diane ajustó el enfoque y miró. Se quedó en silencio durante un momento, y luego dijo:
—¿Sabes lo que veo cuando uso esta cosa para mirar a las estrellas?
—¿Qué?
—Las mismas viejas estrellas de siempre.
—Usa tu imaginación —dijo Jason. Parecía realmente enfadado.
—Si puedo usar mi imaginación ¿para qué necesito los binoculares?
—Quiero decir que pienses en lo que estás contemplando.
—Oh —dijo Diane. Y luego—: Oh. ¡Oh! Jason, veo…
—¿Qué?
—Creo que… sí… ¡es Dios! ¡Y tiene una gran barba blanca! ¡Y lleva una pancarta! ¡Y en la pancarta pone… Jason es idiota!
—Muy divertido. Si no sabes usarlos, devuélvemelos.
Jason le tendió la mano; ella le ignoró. Se sentó en la hierba y dirigió los binoculares a las ventanas de la Gran Casa.
La fiesta seguía a toda marcha desde por la tarde. Mi madre me había dicho que las fiestas de los Lawton eran «sesiones intensivas de peloteo para jefazos corporativos», pero tenía un desarrollado sentido de la hipérbole, así que había que tomarse lo que decía con precaución. La mayoría de los invitados, según había dicho Jason, eran gente prometedora de la industria aeroespacial o personal que trabajaba para políticos. No de la vieja alta sociedad de Washington, sino recién llegados adinerados con raíces en el oeste y conexiones en la industria de defensa. E. D. Lawton, el padre de Jason y Diane, celebraba uno de esos acontecimientos sociales cada tres o cuatro meses.
—Negocios como de costumbre —dijo Diane desde detrás de los óvalos gemelos de los binoculares—. Baile y bebida en el primer piso. Más bebida que baile, llegados a este punto. Parece que la cocina está cerrando. Creo que los camareros están a punto de irse a casa. Las cortinas están corridas en el estudio. E. D. está en la biblioteca con un par de tipos importantes. ¡ Ag! Uno de ellos se está fumando un puro.
