
—Tu asco es poco convincente —dijo Jason—. Señorita Marlboro.
Diane prosiguió catalogando las ventanas invisibles mientras Jason se acercaba más a mí.
—Muéstrale el universo —me susurró—, y preferirá ponerse a espiar una fiesta.
No sabía cómo responder a eso. Como gran parte de lo que decía Jason, me sonaba más ingenioso y sagaz que cualquier cosa que se me hubiera podido ocurrir a mí.
—Mi dormitorio —dijo Diane—. Vacío, gracias a Dios. El dormitorio de Jason, vacío, exceptuando el ejemplar de Penthouse bajo el colchón…
—Los binoculares son buenos, pero no tanto.
—El dormitorio de Carol y E. D., vacío; el dormitorio de invitados…
—¿Y bien?
Pero Diane no dijo nada. Se quedó sentada completamente inmóvil con los binoculares pegados a los ojos.
—¿ Diane? —dije.
Diane se quedó en silencio unos segundos más. Entonces se estremeció, se giró y le tiró, le lanzó, los binoculares a Jason, que protestó pero no pareció entender que Diane acababa de ver algo que le había resultado perturbador. Estaba a punto de preguntarle si se encontraba bien…
Y en ese momento desaparecieron las estrellas.
No fue gran cosa.
La gente a menudo lo dice así, la gente que lo vio ocurrir. No fue gran cosa. La verdad es que no lo fue, y lo digo como testigo: estaba contemplando el cielo mientras Diane y Jason reñían. No ocurrió nada excepto un momento de un extraño resplandor que dejó una especie de imagen de sobreexposición de las estrellas en mis retinas en una fosforescencia verde y fría. Parpadeé y Jason dijo:
—¿Qué fue eso? ¿Un relámpago?
Y Diane seguía sin decir nada.
—Jason —dije, parpadeando todavía. —¿Qué? Diane, juro ante Dios que como hayas roto una lente de los…
—Cállate —dijo Diane.
