—No está mal —concedió Jason—. ¿Sabes lo que es un cometa?

—Sí.

—¿Quieres ver uno?

Asentí y me tumbé a su lado, todavía lamentando el sabor agrio del cigarrillo de Diane en mi boca. Jason me mostró cómo apoyar los codos en el suelo, luego me permitió que me llevara los binoculares a los ojos y que ajustara el enfoque hasta que las estrellas se convirtieron en óvalos borrosos y luego en puntas de alfiler, más de las que podía ver a simple vista. Recorrí el cielo hasta que encontré, o supuse que había encontrado, el punto al que Jason me había dirigido: un diminuto nódulo de fosforescencia contra la despiadada negrura del cielo.

—Un cometa… —comenzó a decir Jason.

—Lo sé. Un cometa es una especie de bola de nieve sucia que cae hacia el sol.

—Se podría decir así. —El tono era desdeñoso—. ¿Sabes de dónde vienen los cometas, Tyler? Vienen del límite del sistema solar… de una especie de halo de hielo alrededor del sol que comienza en la órbita de Plutón y se extiende hasta llegar a mitad de camino a la estrella más cercana. Ahí fuera hace más frío de lo que podrías imaginar jamás.

Asentí, sintiéndome un poco incómodo. Había leído la suficiente ciencia ficción para entender la indescriptible e inconcebible enormidad del cielo nocturno. Era algo en lo que a veces me gustaba pensar, aunque podía ser un poco intimidante cuando lo hacía en el momento equivocado de la noche, cuando la casa estaba en silencio y a oscuras.

—¿Diane? —dijo Jason—. ¿Quieres mirar?

—¿Tengo que hacerlo?

—No, por supuesto que no tienes que hacerlo. Puedes quedarte ahí sentada ahumándote los pulmones y babeando, si lo prefieres.

—Listillo. —Aplastó el cigarrillo en la hierba y tendió la otra mano. Le pasé los binoculares.

—Ten cuidado con eso. —Jase estaba profundamente enamorado de sus binoculares. Todavía olían a plástico de embalaje y poliestireno.



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