Y entonces dije.

—Callaos los dos. Mirad. ¿Qué le ha ocurrido a las estrellas? Ambos alzaron las cabezas hacia el cielo.

De los tres, sólo Diane estaba preparada para creer que las estrellas habían «desaparecido» de verdad, que se habían extinguido como velas al viento. Eso era imposible, insistió Jason: la luz de esas estrellas había viajado cincuenta, o cien, o cien millones de años luz, dependiendo del origen; desde luego que no habían dejado todas de brillar siguiendo una secuencia infinitamente elaborada diseñada para que el apagón pareciera simultáneo desde la Tierra. De todas formas, señalé, el sol también era una estrella, y todavía seguía brillando, al menos al otro lado del planeta… ¿no?

Por supuesto que sí. Y si no, dijo Jason, todos estaríamos congelados y muertos para cuando llegara el día.

Así que, lógicamente, las estrellas seguían brillando pero no podíamos verlas. No habían desaparecido, sino que estaban oscurecidas: eclipsadas. Sí, el cielo se había vuelto repentinamente una negrura de ébano, pero se trataba de un misterio, no de una catástrofe.

Pero otro aspecto del comentario de Jason se había enquistado en mi imaginación. ¿Y si el sol en realidad había desaparecido? Me imaginé la nieve cayendo en una oscuridad perpetua, y luego, supuse, el mismo aire congelándose en otra clase de nieve, hasta que toda la civilización humana quedara enterrada bajo lo que respirábamos. Era mejor, vaya si lo era, suponer que las estrellas habían sido «eclipsadas». Pero ¿qué lo había hecho?

—Bueno, obviamente, algo enorme. Algo rápido. ¿Viste como ocurría, Tyler? ¿Ocurrió todo de repente o algo atravesó el cielo?

Le conté que las estrellas habían brillado más de lo normal y que luego se apagaron, todas a la vez.

—Que le den a las putas estrellas —dijo Diane. (Me quedé estupefacto: puta no era una palabra que ella acostumbrara a usar, aunque Jase y yo la usábamos con bastante libertad ahora que nuestra edad había alcanzado las dos cifras. Muchas cosas habían cambiado en ese verano).



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