
Jason se percató de la ansiedad en la voz de Diane.
—No creo que haya nada que temer —dijo, aunque estaba claramente inquieto.
Diane simplemente le dedicó un fruncimiento de ceño.
—Tengo frío —dijo.
Así que decidimos volver a la Gran Casa y ver si la noticia había llegado a la CNN o a la CNBC. El cielo sobre nuestras cabezas mientras cruzábamos el césped era inquietante, completamente negro, sin peso pero opresor, más oscuro que cualquier otro cielo que jamás hubiera visto.
—Tenemos que contárselo a E. D. —dijo Jason.
—Cuéntaselo tú —dijo Diane.
Jase y Diane llamaban a sus padres por sus nombres de pila porque Carol Lawton se imaginaba que tenía una familia progresista. La realidad era más compleja. Carol era permisiva, pero no se involucraba mucho en las vidas de los gemelos, mientras E. D. se ocupaba sistemáticamente de preparar a un heredero. Ese heredero, por supuesto, era Jason. Jason adoraba a su padre. Diane le tenía miedo.
Sabía que no era inteligente por mi parte aparecer en la zona adulta cuando el acontecimiento social de los Lawton estaba llegando a su alcohólico final; así que Diane y yo nos ocultamos en la zona desmilitarizada detrás de una puerta mientras Jason encontraba a su padre en la habitación contigua. No pudimos oír la conversación resultante en detalle, pero no había forma de malinterpretar el tono de voz de E. D: agresivo, impaciente y malhumorado. Jason volvió al sótano con el rostro enrojecido y al borde de las lágrimas, y yo me excusé y me dirigí a la puerta de atrás.
Diane me alcanzó en el pasillo. Me puso la mano en la muñeca como si quisiera anclarnos juntos.
—Tyler —dijo—. Saldrá, ¿verdad? El sol, quiero decir, por la mañana. Sé que es una pregunta estúpida. Pero el sol saldrá, ¿no?
Parecía completamente desolada.
