
—Todo irá bien —dije.
Me miró entre mechones de pelo lacio.
—¿Tú te crees eso?
Intenté sonreír.
—Al noventa por ciento.
—Pero te quedarás despierto toda la noche, ¿no?
—Puede. Seguramente. —No tenía ganas de dormir.
Me hizo un gesto con el pulgar y el meñique imitando un auricular.
—¿Puedo llamarte más tarde?
—Claro.
—Probablemente no podré dormir. Y… ya sé que suena tonto, pero en caso de que me quede dormida… ¿me llamarás tan pronto como salga el sol?
Le dije que sí.
—Me lo prometes.
—Te lo prometo. —Me emocionaba que me lo hubiera pedido.
La casa en la que vivía con mi madre era un bonito búngalo de listones en el extremo este de la propiedad Lawton. Un jardincillo de rosas cercado por una valla de tablones de pino rodeaba los escalones de la entrada, las rosas habían florecido hasta bien entrado el otoño, pero se habían marchitado ante el reciente frente de aire frío. En medio de aquella noche sin luna, sin nubes y sin estrellas, el porche refulgía como una baliza.
Entré en silencio. Mi madre hacía ya horas que se había retirado a su dormitorio. La pequeña sala de estar estaba ordenada exceptuando un vaso de chupito sobre una mesilla: mi madre era una abstemia absoluta cinco días a la semana pero tomaba un poco de whisky los fines de semana. Solía decir que sólo tenía dos vicios, y que un trago los sábados por la noche era uno de ellos. (Una vez le pregunté que cuál era el otro y me dedicó una larga mirada y me dijo: «tu padre». No insistí en el tema).
