
Me tumbé en el sofá vacío con un libro y leí un rato hasta que Diane me llamó, menos de una hora después. Lo primero que me dijo fue:
—¿Has encendido la tele?
—¿Debería?
—No te molestes. No están dando nada.
—Bueno, ya sabes, son las dos de la madrugada.
—No, quiero decir que no hay nada de nada. Hay programas publicitarios en los canales de cable local, pero nada más. ¿Qué significa eso, Tyler?
Lo que significaba es que todo satélite que hubiera en órbita se había desvanecido junto con las estrellas. Los satélites de telecomunicaciones, meteorológicos, los militares, el sistema GPS: todos habían sido desconectados en un instante. Pero no lo sabía, y tampoco podía explicárselo a Diane.
—Puede significar cualquier cosa.
—Es un poco atemorizador.
—Probablemente no sea nada de lo que preocuparse.
—Espero que no. Y me alegra que todavía estés despierto.
Una hora más tarde me volvió a llamar con más novedades. Internet también había desaparecido en combate. Y la televisión local había empezado a informar sobre vuelos cancelados en Reagan y los aeropuertos regionales, advirtiendo a la gente de que llamara para asegurarse.
—Pero he visto aviones volando durante toda la noche. —Había visto sus luces de posición desde la ventana del dormitorio, estrellas falsas que se movían con rapidez —. Supongo que serán los militares. Puede que sea cosa de terroristas.
—Jason está en su habitación con una radio. Está escuchando estaciones de Boston y Nueva York. Dice que están hablando de actividad militar y de aeropuertos cerrados, pero nada de terrorismo… y nada sobre las estrellas.
—Alguien debe de haberse dado cuenta.
—Si es así, no lo han dicho. Quizá tengan órdenes de no mencionarlo. Tampoco han mencionado el amanecer.
