
—¿Y por qué tendrían que hacerlo? El sol saldrá en ¿cuánto? ¿menos de una hora? Lo que significa que ya está amaneciendo sobre el océano. Por la costa atlántica. Los barcos ya lo deben haber visto. Ya lo veremos, dentro de poco.
—Eso espero. —Parecía simultáneamente asustada y avergonzada—. Espero que tengas razón.
—Ya verás cómo sí.
—Me gusta tu voz, Tyler. ¿Te lo he dicho alguna vez? Tienes una voz que da confianza.
Aunque lo que dijera fueran gilipolleces.
Pero el halago me afectó más de lo que quería que ella supiera. Me quedé pensando en ello después de que colgara. Lo volví a repetir una y otra vez en mi cabeza, por la cálida sensación que me provocaba. Diane me llevaba un año, y también era tres veces más sofisticada que yo… así que ¿por qué me sentía repentinamente tan protector con ella, y por qué deseaba que estuviera cerca para poder tocar su cara y prometerle que todo iría bien? Era un enigma casi tan urgente y perturbador como lo que le hubiera ocurrido al cielo.
Volvió a llamarme a las cinco menos diez, cuando casi me había quedado dormido pese a mis intenciones, completamente vestido. Saqué el teléfono del bolsillo de mi camisa.
—¿Diga?
—Soy yo. Sigue estando oscuro, Tyler.
Miré por la ventana. Sí. Oscuro. Luego al reloj de la mesilla.
—Todavía no es hora de que amanezca, Diane.
—¿Estabas dormido?
—No.
—Sí que lo estabas. Qué suerte. Sigue estando oscuro. Y hace frío, también. Miré el termómetro que hay por fuera de la ventana de la cocina. Estamos a un grado Celsius. ¿Tendría que hacer tanto frío?
—Ayer por la mañana hacía ese frío. ¿Hay alguien más despierto en tu casa?
—Jason está encerrado en su cuarto con su radio. Mis padres están, eh, supongo que durmiendo la fiesta. ¿Tu madre está despierta?
—No tan temprano. No en un fin de semana. —Le eché una mirada nerviosa a la ventana. Para ese entonces ya tendría que haber algo de luz en el cielo. Incluso un poco de luz hubiera sido reconfortante.
