—¿No la has despertado?

—¿Y qué iba a poder hacer ella, Diane? ¿Hacer regresar las estrellas?

—Supongo que no. —Hizo una pausa—. Tyler —dijo.

—Sigo aquí.

—¿Qué es lo primero que recuerdas?

—¿Qué quieres decir? ¿De hoy?

—No. Lo primero que recuerdas de tu vida. Sé que es una pregunta estúpida, pero creo que me gustaría hablar durante cinco o diez minutos de otra cosa que no fuera el cielo.

—¿Lo primero que recuerdo? —Reflexioné durante unos instantes—. Eso sería cuando estábamos en Los Angeles, antes de mudarnos al este. —Cuando mi padre todavía vivía y trabajaba para E. D. Lawton en su firma en Sacramento antes de que llegara a prosperar tanto—. Teníamos un apartamento con grandes cortinas blancas en el dormitorio. Lo primero que realmente recuerdo es observar cómo se movían las cortinas con el viento. Era un día soleado, la ventana estaba abierta y soplaba la brisa. —El recuerdo era inesperadamente conmovedor, como el último vistazo a la línea de la marea antes de que fuera cubierta—. ¿Y tú?

Lo primero que Diane podía recordar era también un momento en Sacramento, aunque era uno muy diferente. E. D. se había llevado a los dos niños a hacer una visita a la planta, ya entonces preparando a Jason para su papel de heredero. Diane se había quedado fascinada con las enormes planchas perforadas del suelo de la fábrica, las bobinas de hilo de aluminio ultrafino que eran tan grandes como casas, el ruido constante. Todo era tan enorme que casi esperaba encontrarse con un gigante de cuento de hadas encadenado a las paredes, prisionero de su padre.

No era un buen recuerdo. Dijo que se sentía ignorada, casi perdida, abandonada en el interior de una inmensa y aterradora maquinaria de construcción.

Hablamos sobre eso durante un rato. Entonces Diane me dijo:



17 из 483