—Mira al cielo.

Miré por la ventana. Del horizonte occidental manaba la luz suficiente para dotar al cielo de un color azul tinta.

No quise confesar el alivio que sentí.

—Supongo que tenías razón —dijo, repentinamente animada—. El sol ha salido, después de todo.

Por supuesto, en realidad no era el sol. Era un sol impostor, un engaño ingenioso. Pero entonces no lo sabíamos.

Mayoría de edad en agua hirviendo

La gente más joven que yo me pregunta: ¿Por qué no hubo pánico? ¿Por qué no le entró el pánico a nadie? ¿Por qué tu generación aceptó el hecho sin más, por qué entrasteis en el Spin sin siquiera un murmullo de protesta?

A veces digo: «pero ocurrieron cosas terribles».

A veces digo: pero no comprendíamos. ¿Y qué podíamos haber hecho?».

Y a veces cito la parábola de la rana. Tira una rana dentro de agua hirviendo y saldrá de un salto. Tira una rana dentro de un caldero de agua agradablemente templada, aumenta el fuego lentamente, y la rana estará muerta antes de darse cuenta de que tiene un problema.

La erradicación de las estrellas no fue algo lento ni sutil, pero tampoco fue, para la mayoría de nosotros, algo desastroso. Si eras un astrónomo o un estratega de defensa, si trabajabas en la industria de las telecomunicaciones o en la aeroespacial, probablemente pasarías los primeros días del Spin en un estado de terror abyecto. Pero si eras un conductor de autobús o freías hamburguesas, entonces era más o menos agua templada.

Los medios de comunicación en inglés lo llamaron «El Suceso de Octubre» (no sería el «Spin» hasta unos cuantos años después), y su primer efecto obvio fue la destrucción de la industria de cientos de miles de millones de dólares de satélites orbitales. Perder los satélites significó perder toda la televisión retransmitida



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