—Lo sé. Pero durante las próximas semanas…

—Probablemente no tendrás ganas de escribir nada.

—A menos que no pueda evitarlo. —La grafomanía era uno de los efectos secundarios potenciales menos alarmantes.

—Ya veremos qué opinas cuando te golpee la náusea. —Me dedicó una sonrisa consoladora—. Supongo que todos tenemos algo que tememos dejar atrás.

Era un comentario inquietante, y uno en el que no quería pensar.

—Mira —dije—, quizá deberíamos empezar a prepararnos.

El aire olía a trópico, con un rastro de cloro procedente de la piscina del hotel tres pisos por debajo. Padang era un importante puerto internacional en esos días, lleno de extranjeros: hindúes, filipinos, coreanos e incluso americanos extraviados como Diane y yo, gente que no podía permitirse transporte de lujo y que no estaba cualificada para entrar en los programas de reasentamiento aprobados por la ONU. Era una ciudad vital, pero también a menudo sin ley, especialmente desde que los Nuevos Reformasi

Pero el hotel era seguro y las estrellas brillaban con toda su gloria desperdigada. La cima del Arco era el objeto más brillante del cielo, una delicada letra «U» (Único, Unificador) escrita boca abajo por un dios disléxico. Cogí a Diane de la mano mientras contemplábamos cómo se desvanecía.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—En la última vez que vi las viejas constelaciones. —Virgo, Leo, Sagitario: el léxico de los astrólogos reducido a notas a pie de página en el libro de la historia.

—Desde aquí se hubieran visto de manera diferente, ¿no? Éste es el hemisferio sur.

Supuse que sí.

Entonces, en la plena oscuridad de la noche, volvimos a la habitación. Encendí las luces mientras Diane cerraba las persianas y sacaba la jeringuilla y la ampolla que le había enseñado a usar. Llenó la jeringuilla estéril, frunció el ceño y dio unos golpecitos para eliminar una burbuja. Parecía una profesional, pero le temblaba la mano.



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