
Me quité la camisa y me tumbé en la cama.
—Tyler…
De repente era ella la que tenía reparos.
—Nada de echarse atrás —dije—. Sé en lo que me estoy metiendo. Ya lo hemos discutido una docena de veces.
Asintió y me frotó el interior del codo con alcohol. Sostenía la jeringuilla en la mano derecha, con la aguja hacia arriba. La pequeña cantidad de fluido en su interior parecía tan inofensiva como el agua.
—Eso fue hace mucho tiempo —dijo ella.
—¿El qué?
—Aquella vez que contemplamos las estrellas.
—Me alegra que no lo hayas olvidado.
—Claro que no lo he olvidado. Cierra el puño.
El dolor fue trivial. Al menos al principio.
La Gran Casa
Tenía doce años, y los gemelos trece, la noche en que las estrellas desaparecieron del cielo.
Era octubre, un par de semanas antes de Halloween, y a los tres nos habían ordenado quedarnos en el sótano de la Casa Lawton, a la que llamábamos la Gran Casa, mientras durara la reunión social sólo para adultos.
Estar confinados en el sótano no era ningún tipo de castigo. No para Diane y Jason, que pasaban gran parte de su tiempo allí por gusto; y desde luego no para mí. Su padre había delimitado una estricta frontera entre las zonas de adultos de la casa y las de niños, pero teníamos una plataforma de juegos de última generación, películas en disco e incluso una mesa de billar… y ninguna supervisión adulta excepto una de las camareras, una tal señora Truall, que cada hora o así se escapaba de su tarea de servir canapés y bajaba a informarnos de las novedades de la fiesta. (Un tipo de Hewlett-Packard había conseguido quedar mal ante la mujer de un columnista del Post. Teníamos un senador borracho como una cuba en el estudio). Lo único que nos faltaba, según Jason, era silencio (el sistema de sonido del piso de arriba atronaba con música de baile que nos llegaba atravesando el techo como el latido del corazón de un ogro) y poder ver el cielo.
