Octubre había sido agradable hasta ayer, cuando un frente frío había acabado con el veranillo de San Juan. Diane se abrazó las costillas y tiritó ostensiblemente, pero sólo para castigar a Jason. El aire nocturno era simplemente fresco, no helado. El cielo estaba cristalino y la hierba relativamente seca, aunque posiblemente de madrugada volvería a helar. No había luna ni rastro de nubes. La Gran Casa estaba iluminada como un barco fluvial del Misisipi y proyectaba su feroz luminiscencia amarillenta por todo el césped, pero sabíamos por experiencia que en noches como ésa, si te ponías en la sombra de un árbol, desaparecías de la vista como si hubieras caído en un agujero negro.

Jason se tumbó de espaldas y apuntó sus binoculares al cielo estrellado.

Me senté con las piernas cruzadas junto a Diane y observé cómo sacaba del bolsillo de su chaqueta un cigarrillo, que probablemente le había robado a su madre (Carol Lawton, cardióloga y supuestamente exfumadora, guardaba en secreto cajetillas de cigarrillos en su cómoda, su escritorio y en un cajón de la cocina. Mi madre me lo había contado). Se llevó el cigarrillo a los labios y lo encendió con un mechero traslúcido; momentáneamente, la llama fue lo más brillante en la noche; y exhaló una vaharada de humo que remolineó vigorosamente en la oscuridad.

Me pilló observándola.

—¿Quieres una calada?

—Tiene doce años —dijo Jason—. Ya tiene suficientes problemas. No necesita un cáncer de pulmón.

—Claro —dije yo. Ahora ya se trataba de un asunto de honor.

Diane, con expresión divertida, me pasó el cigarrillo. Inhalé tentativamente y me las arreglé para no toser.



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