Me lo retiró.

—No te entusiasmes demasiado.

—Tyler —dijo Jason—, ¿sabes algo acerca de las estrellas?

Aspiré un buen trago de aire fresco y limpio.

—Por supuesto que sí.

—No quiero decir lo que aprendes leyendo esas novelas de bolsillo. ¿Puedes nombrar alguna estrella?

Me sonrojé, pero esperaba que en la oscuridad no se notara.

—Arturo —dije—, Alfa Centauri. Sirio. La estrella Polar…

—¿Y cuál —preguntó Jason— es el sistema originario de los klingon?

—No seas malo —dijo Diane.

Los gemelos eran precozmente inteligentes. Yo no era precisamente tonto, pero ambos me superaban por mucho, y todos lo sabíamos. Iban a una escuela para niños excepcionales; yo cogía el autobús para ir a la escuela pública. Era una de las diferencias obvias entre nosotros. Ellos vivían en la Gran Casa, yo vivía con mi madre en el búngalo situado en el rincón este del terreno; sus padres tenían carreras, mi madre les limpiaba la casa. De alguna forma, éramos capaces de aceptar esas diferencias sin convertirlas en una brecha insalvable.

—Vale —dijo Jason—, ¿puedes señalar la estrella Polar?

Polaris, la estrella del Norte. Había estado leyendo sobre la esclavitud y la guerra civil. En aquellos tiempos había una canción de esclavos fugitivos que decía:

Cuando vuelva el sol y oigas a la primera codorniz Sigue al Cazo El viejo te espera para llevarte a la libertad Cuando sigas al Cazo

«Cuando vuelva el sol» quería decir después del solsticio de invierno. El invierno de la codorniz, como se conocía en el Sur. El Cazo era la Osa Mayor, y el recipiente del cazo señalaba a la estrella Polar, que estaba justo al norte, la dirección de la libertad: encontré el Cazo y meneé la mano en la dirección general esperando acertar.

—¿Ves? —le dijo Diane a Jason, como si hubiera demostrado un argumento en una discusión de la que no se habían molestado en hacerme partícipe.



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