
Sin embargo, a la hija de la señora Ellington tuvieron que operarla inmediatamente y la señora Ellington llamó al señor Compton para preguntarle si podía tomarse otras cuatro semanas. Él, naturalmente, como el caballero que era, le dijo que se tomara todo el tiempo que necesitara.
– ¿Podría pedirte que te quedaras conmigo un mes más? -le preguntó él a Taryn.
– Me encanta estar aquí -contestó ella-. Otro mes estaría muy bien.
– Sólo será un mes, te lo prometo -replicó él con una sonrisa resplandeciente-. A lo mejor conviene que llames a la agencia y se lo digas.
Esa noche, a última hora, Taryn lo oyó hablar por teléfono con su hija, que estaba casada con un estadounidense y vivía en Estados Unidos. En realidad, hablaban mucho por teléfono y a ella le parecía que era una relación encantadora. Pensó en su propio padre y, por un instante, deseó con tristeza que le demostrara más cariño del que le demostraba habitualmente.
Más tarde, Taryn también llamó a su casa y recibió la feliz noticia de que su madrastra había encontrado a alguien que se ocupara de las tareas domésticas. Taryn supuso que ya no había ninguna prisa para que ella volviera.
El tiempo fue muy bueno durante la semana siguiente y el señor Compton, que consideraba que sería una pena pasar los días en casa, la apremiaba para que organizara comidas en el campo. Los días pasaron entre paseos campestres y alguna que otra visita al pub del pueblo. Pasaron unos días de verano muy placenteros.
A medida que se acercaba el final de su estancia en Knights Bromley, Taryn seguía pensando que no volvería a trabajar en Mellor Engineering, pero se encontraba más dispuesta a trabajar en una oficina. Se dio cuenta de que había necesitado ese cambio de aires para volver a ordenar las ideas.
