Tenía que pensar en labrarse una carrera profesional. Lo primero que haría el lunes por la mañana sería buscar trabajo y, lo segundo, buscar un sitio donde vivir, que no fuera la fría casa de su padre.

Sin embargo, sus decisiones tendrían que esperar un poco porque al día siguiente la señora Ellington llamó para decir que su hija, aunque se recuperaba bien, había tenido una leve recaída y no quería dejarla sola.

– ¿Crees que podrías quedarte una semana o dos más? -le preguntó a Taryn-. Sé que el señor Compton piensa maravillas de ti.

¿Qué podía contestar? Ella también pensaba maravillas de él y la hija de la señora Ellington estaba pasando un mal momento.

– No te preocupes -contestó Taryn-. ¿Has hablado con el señor Compton?

– Él insiste en que me tome todo el tiempo que necesite, pero me parece que le incomoda pedirte que te quedes. Al parecer, te prometió que te irías esta semana.

– Le diré que me viene mejor quedarme -la tranquilizó Taryn.


El sábado, Taryn pensó que al señor Compton le gustaría tomar el té en el jardín. Ella le había hecho su pastel favorito esa mañana. Estaba llevando la bandeja cuando oyó un coche que entraba por el camino de la casa. Que ella supiera, el señor Compton no esperaba visitas. Aunque eso no significaba que no fueran a recibir bien a cualquier visitante. Aun así, cuando vio que el coche último modelo se paraba delante de la puerta, pensó que tal vez el visitante se hubiera equivocado de dirección y no quería que el timbre despertara al señor Compton de la siesta. Llegó al coche justo cuando un hombre alto, moreno y de treinta y tantos años estaba bajándose. Él la vio y se quedó petrificado. Taryn lo miró fijamente.

– ¿Quién…? -empezó a preguntarle Taryn.

No podía entender que él la mirara como si la conociera de algo.



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