– ¿Eres el ama de llaves de mi tío? -fue la primera.

– Provisionalmente. Me marcharé en cuanto la hija del ama de llaves permanente se recupere.

– ¿Es definitivo?

– ¿Acaso es de su incumbencia? -le preguntó ella con tono cortante y olvidándose de hacerle una taza de té-. Usted no me ha contratado.

Taryn pudo comprobar, por las cejas arqueadas, que era un hombre que no estaba acostumbrado a que le contestaran con otra pregunta.

– Parece que has llegado a ser algo más que eficiente durante el poco tiempo que llevas aquí -afirmó él secamente.

– ¡Para eso me han contratado!

– ¿Hasta el punto de dar largos paseos con tu empleador?

– No tan largos.

– ¿Hasta el punto de llevarlo a un pub?

– ¡Me llevo él! -exclamó ella sin saber por qué estaba defendiéndose-. Menos una vez, que estaba lloviendo y él estaba cansado de estar metido en casa. En cualquier caso…

– Según me han contado, lo has introducido en la perversión de los dardos -la interrumpió él.

Taryn estuvo a punto de soltar una carcajada. En realidad, de no haberle parecido imposible, habría dicho que también había un brillo burlón en la mirada de Jake Nash.

– ¿Qué es todo…? -Taryn cayó en la cuenta de lo que había querido decir con lo de las líneas telefónicas a Nueva York-. Ha estado en contacto con Beryl, su hija. ¿Verdad?

Jake Nash la miró detenidamente y a ella le dio la leve y absurda impresión de que le habían gustado sus facciones delicadas y sus ojos de color azul oscuro.

– Ella llamó a mi madre -reconoció él.

– ¿Le pidió que viniera a comprobar cómo soy?

– Todo es Taryn por aquí y Taryn por allá. No puedes reprochárselo.

– ¡Cree que busco su dinero! -exclamó Taryn con espanto-. ¿Cree que… él está… encaprichado conmigo?

– Beryl ha conocido a la señora Ellington, pero no te ha conocido a ti. No puedes culparla por tener la preocupación natural de una hija.



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