– De modo que en cuanto ella llamó, usted salió corriendo para cerciorarse…

– Hoy tenía unos asuntos por aquí -la cortó él-. No me ha importado desviarme.

– ¡Jake!

Un grito de júbilo llegó desde la puerta. Taryn miró a su empleador y, por una vez, se alegró de que fuera un poco duro de oído.

– ¡Qué alegría verte! -exclamó el señor Compton mientras estrechaba la mano de Jake en medio de la cocina-. Evidentemente, ya conoces a Taryn. Todavía no puedo creerme que sea tan afortunado de tener dos amas de llaves.

– ¿Quiere el té? -le preguntó Taryn.

Ella notó que Jake la atravesaba con la mirada, pero decidió pasarlo por alto.

– ¿Lo tomamos en el jardín? -le preguntó a su vez el señor Compton.

– ¿Le importaría llevar la bandeja?

Taryn se dirigió amablemente a Jake sin mirarlo, agarró la bandeja que había preparado y se la entregó. Los dos salieron, con el señor Compton charlando animadamente, y ella se alegró de quedarse sola en la cocina. Empezó a preparar el té y también empezó a darse cuenta de que Beryl sólo estaba portándose como una hija digna de ese nombre; que sólo quería cerciorarse de que esa ama de llaves temporal, de la que él no dejaba de hablar, no estaba engatusándolo, aunque eso también fuera ofensivo para su padre.

– Te has olvidado de una taza -le dijo el señor Compton cuando ella les llevó la tetera.

Era una amabilidad que él quisiera que los acompañara y ella habría estado encantada de hacerlo, pero pensó que al señor Compton le gustaría tener compañía masculina, para variar.

– Tengo algo en el horno y quiero vigilarlo -contestó ella, aunque el guiso que estaba haciendo no necesitaba que nadie lo vigilara.

– En ese caso…

Taryn se entretuvo un rato para comprobar que todo, los cuchillos, las servilletas y el pastel estaba en orden.

– Taryn también trabajaba en el mundo de la ingeniería -le explicó el señor Compton a su sobrino-. He tenido la suerte de que haya querido cambiar de aires justo cuando la señora Ellington…



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