
Taryn lo miró fijamente, pero no le estrechó la mano.
– ¿Desea algo? -le preguntó con cautela.
– Los dos lo deseamos -contestó él mientras dejaba caer la mano.
– ¿Los dos…?
– ¿Vas a hacerme una taza de té?
Taryn se volvió para poner el agua a calentar, aunque sabía perfectamente que no se refería a eso cuando había dicho que quería algo.
– Espero que me acompañes -le propuso él al ver que sólo había sacado una taza.
Ella decidió que su aversión tampoco llegaba tan lejos y sacó otra taza antes de invitarlo a que se sentara a la mesa de la cocina.
– ¿Un poco de pastel? -le ofreció ella.
Taryn lo miró y vio que tenía los ojos clavados en su boca. Se sorprendió, pero lo disimuló llevando las tazas a la mesa. Además, le llevó un trozo de pastel y se sentó frente a él.
– Entonces, si las líneas telefónicas con Nueva York no han vuelto a echar chispas, ¿qué quiere que yo también pueda querer? Supongo que pensará que hay algún tipo de relación laboral.
– Tienes una inteligencia muy aguda, Taryn.
Ella lo miró fijamente con sus hermosos ojos de color azul oscuro.
– Vaya, puedo hacer un pastel que no está mal y no soy tonta del todo. ¿Y bien?
– ¿Vas a dejar pronto este trabajo?
– La señora Ellington llamó para decir que, definitivamente, volverá a finales de la semana que viene.
– Entonces, ¿buscarás un trabajo?
– ¡No estará ofreciéndome trabajo como su ama de llaves!
– Estoy suficientemente satisfecho en ese aspecto -replicó él con suavidad.
– Claro -murmuró ella-, tendrá una esposa que se ocupe de esas cosas.
– No estoy casado ni vivo con nadie -respondió él con tranquilidad-. La mayoría de los días no tengo un alma caritativa que limpie y cocine -se encogió de hombros-. ¿Te gustan tanto las tareas domésticas que quieres seguir haciéndolas cuando termines tu cometido con mi tío?
