– ¿Qué queréis cenar? -preguntó Taryn.

Podría haber esperado a que se lo pidiera, pero sabía que habría terminado haciéndolo.

Sin embargo, a la mañana siguiente, las tareas domésticas ni se le pasaron por la cabeza. Se puso un traje de chaqueta azul marino con la falda hasta las rodillas, alegrándose de tener unas piernas bonitas y bien torneadas.

Sintió un cosquilleo en el estómago mientras iba hacia las oficinas de Nash Corporation. Quería el trabajo y esperaba tener la suerte de conseguirlo. Se recordó que tenía una formación muy completa como secretaria de dirección y que le habían dicho que sabía tratar a la gente con eficiencia, pero afablemente.

Se bajó del coche con la esperanza de gustar a Kate Lambert y de que la considerara apta para el puesto. Sabía que eso era imprescindible para que Jake Nash la entrevistara. Él tenía la última palabra.

Kate era baja, morena y de treinta y tantos años.

– Pasa -la invitó amablemente antes de darle la mano-. ¿Quieres un café?

– Sí, gracias -contestó Taryn con una sonrisa.

Kate, efectivamente, tenía un aspecto enfermizo y habría preferido hacer ella el café.

– Jake… el señor Nash te ha explicado las… circunstancias confidenciales de mi estado -empezó a decir Kate.

Estaba claro que al cabo de unos meses no podría disimular su estado, pero, por el momento, no se le notaba.

– Sí, me lo ha contado. Enhorabuena.

Kate sonrió y pasó a preguntarle por los trabajos que había hecho hasta entonces y a informarle sobre lo que suponía ser la secretaria personal de un ejecutivo con tanto poder. Cuanto más hablaba, más desataba las ganas de Taryn por conseguir ese trabajo. En definitiva, cuando Kate estuviera de baja, ella llevaría la oficina del máximo directivo. Trataría con gente de todo el mundo y asistiría a reuniones «en la cumbre». Además, iban a pagarle muy bien, pero no se hacía ilusiones. Kate le había explicado que se ganaría cada centavo de su fabuloso sueldo. Sería una experiencia maravillosa, se dijo Taryn con un estremecimiento.



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