Pero lo amaba y tenía que reconocerse que había estado a punto de corresponder al beso. Taryn sabía que no habría podido vivir con eso en la conciencia. ¿Cómo habría podido volver a mirar a Angie a la cara? A pesar de las desavenencias entre Brian y Angie, ellos seguían casados y muy enamorados.

Saber que había hecho lo que tenía que hacer no la consolaba, pero seguía sin querer volver a casa.

Podría ir a algún sitio a tomar una taza de té, pero no quería té. No sabía qué quería. ¿Por qué lo habría estropeado todo Brian? Su vida no era nada interesante, pero le gustaba ir a su trabajo. Eso le recordó la agencia de trabajo temporal de su tía. Se llevaba muy bien con su tía Hilary, la hermana de su padre, y su agencia estaba bastante cerca de allí. Taryn sacó el móvil.

– ¿Estás ocupada?

Su tía había heredado la pasión por el trabajo que corría por las venas de toda la familia Webster. Ella misma la había heredado de su padre.

Hilary Kiteley, su apellido de casada, llevaba sola desde que su marido murió hacía unos treinta años. Económicamente no habría tenido necesidad de trabajar, pero necesitaba algo apasionante que le llenara los días y había sacado adelante una empresa que era muy apreciada.

– ¿No estás en la oficina? -le preguntó Hilary.

– ¿Puedo ir a verte?

– Mi puerta siempre está abierta para ti, Taryn. Ya lo sabes.

Media hora más tarde, Taryn estaba sentada en el despacho de su tía y ya le había explicado que había dejado un trabajo que le encantaba.

– ¿Vas a contarme qué ha pasado? -le preguntó Hilary amablemente.

– No… puedo.

– A lo mejor vuelves cuando hayas tenido tiempo para pensarlo -aventuró su tía.

– No.

Taryn sabía que aquel beso lo había cambiado todo. Ella lo amaba y él la había tentado. El riesgo de ceder era demasiado grande. Angie y él tenían que resolver la crisis que estuviera pasando su matrimonio.

– Desde luego, estás muy disgustada, sea lo que sea. ¿Quieres que te busque algo temporal mientras encuentras algo permanente? -le preguntó Hilary.



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