
En realidad, había estado todo el día con la lengua fuera.
– Pero, dado que no has tenido tiempo de comer como Dios manda -Jake miró el sándwich que llevaba en la mano-, ¿te las has arreglado bien?
– Y he disfrutado -afirmó sinceramente.
– Me alegro. He decidido que no quiero que Kate trabaje tantas horas; las horas extra. Quiero que se vaya a casa cuando termine su horario. Incluso antes si hace falta -la miró a los ojos-. ¿Te parece bien?
– Muy bien -contestó ella sin dudarlo-. Pero ¿le parecerá bien a Kate?
– Ese hijo es vital para ella. Estoy seguro de que lo comprenderá. Aunque eso significará que gran parte del trabajo caerá sobre tus hombros.
– A mí no me importa trabajar hasta tarde.
Jake Nash la miró con seriedad durante un rato, pero a ella le pareció captar un brillo burlón en sus ojos.
– Me espantaría estropear tu vida social.
– No tienes nada que temer -replicó ella mientras intentaba mantener un gesto serio.
De vuelta a su mesa, Taryn se comió el sándwich mientras le daba vueltas a la conversación que acababa de tener con Jake. Como le había dicho, a ella no le importaba trabajar hasta tarde. En realidad, con una vida doméstica tan poco estimulante, estaría encantada de ir a trabajar los fines de semana si hacía falta.
Sin embargo, la cosa no terminaba ahí. Al acordarse del terror que sintió cuando creyó que él iba a despedirla, Taryn se dio cuenta de que no sólo disfrutaba con su trabajo, sino que le encantaba trabajar para él. Era algo muy raro. Al principio, ese hombre no le había gustado lo más mínimo, pero a lo largo de ese mes había comprobado que tenía una mente muy despierta y no le quedaba más remedio que admirarlo. Si Kate y ella trabajaban mucho, él no se quedaba de brazos cruzados. Jake Nash era un fenómeno cuando se trataba de trabajar.
Taryn comprobó lo agotada que estaba Kate cuando, al día siguiente, ésta salió de una conversación a puerta cerrada con su jefe. Al parecer, había aceptado sin objeciones la propuesta de Jake.
