
– Jake me ha contado que tuvo una charla contigo. ¿No te importa trabajar todas esas horas, Taryn?
– En absoluto… Si no te importa a ti. Quiero decir, tú estarás para aconsejarme casi todo el tiempo y la experiencia que gane me servirá para ser secretaria de dirección cuando tenga que irme de aquí.
Kate tenía una cita con el médico el viernes a las cinco de la tarde y se marchó hacia las tres. Ya no volvería ese día. Había sido un día de mucho trabajo, como todos, y Taryn estaba en el despacho de Jake recogiendo unas cartas que había dejado para que las firmara. Sonó el teléfono y volvió a su despacho para contestar. Se sentó, tomó papel y lápiz y descolgó.
– Despacho del señor Nash, dígame…
– Debes de ser mi prima favorita -dijo una voz que habría reconocido en cualquier sitio.
– ¡Matt! -exclamó ella con alegría.
Él trabajaba en una petrolera y llevaba años fuera del país.
– El mismo. ¿Te apetece salir a cenar esta noche?
Matt, el hijo de su tía Hilary, era diez años mayor que ella y lo quería como a un hermano mayor.
– Me encantaría ir a cenar contigo, Matt.
Taryn levantó la mirada y comprobó que Jake la miraba con enojo. ¡Era el colmo! Hacía menos de diez minutos que ella le había pasado la llamada de una tal Sophie Austin y parecía como si le molestara que atendiera una llamada personal. También era verdad que le quedaba mucho trabajo para dejar la mesa vacía antes del fin de semana, aunque él ya debería saber que terminaría todo el trabajo antes de irse a casa.
– Te recogeré a las siete, ¿te parece? -le preguntó Matt.
Ella no pensaba cortar la conversación porque él estuviera mirando.
– Me parece muy bien. Podrías pasar a saludar a mi padre.
– Supongo que eso incluirá a la temible segunda señora Webster…
– Así es. Bueno, hasta luego -se despidió Taryn entre risas-. Me ha encantado hablar contigo, Matt.
