
– ¿Cómo sabes eso?
No se lo había contado a nadie, excepto a Jake, que se lo había sacado con malas artes.
– Ha sido un tanteo, pero ha habido suerte… Aunque dos más dos son cuatro. Mi madre me dijo que te marchaste de su oficina y no pensabas volver; tenía que ser por él… No podía ser por el trabajo, ya estabas acostumbrada.
Taryn no contestó y Matt, considerado con sus sentimientos, siguió.
– ¿Todavía te duele el amor?
– No, ya lo he superado.
Le sorprendía pensar que durante dos años había creído que lo amaba. ¿Alguna vez habría sentido amor por él? ¿No habría sido afecto por una persona muy amable?
– ¿Qué me cuentas de ti?
Su primo se había quedado destrozado después de que su matrimonio se hiciera añicos.
– No he visto a Alison desde que volví. Quiero que vuelva, pero durante estos meses alejado de ella me he dado cuenta de que no voy a conseguir nada si me planto en la puerta de su casa. Hay más peces en el mar, ¿no? Al menos eso dicen. ¿Sigues saliendo con tu grupo de amiguitas?
– No mucho.
Se sentía algo distanciada del grupo que conocía desde hacía mucho tiempo.
Le gustaba salir con su primo, siempre habían podido hablar de cualquier cosa, pero cuando la llevaba a casa, Taryn se dio cuenta de que casi no podía recordar nada concreto de la conversación que habían tenido.
– No voy a entrar -le dijo Matt cuando llegaron-, pero intentaré por todos los medios venir a la comida familiar del domingo.
Taryn se rió y entró sonriendo a su casa, donde encontró a su madrastra especialmente insoportable. Decidió que tenía que buscar con más empeño un sitio donde vivir.
El domingo, Taryn saludó afectuosamente a su tía y se dio cuenta de que llevaba un maletín, como se dio cuenta de la frialdad entre Hilary y su madrastra. Matt estuvo tan encantador como siempre y alabó a su tiastra por la comida. Ella aceptó los halagos aunque ni siquiera hubiese pelado las patatas. Luego, cuando se sirvió el café, se fue a reposar y Matt acompañó a su tío a ver lo que estaba haciendo en el taller.
