
– Taryn -dijo lentamente su tía cuando estuvieron solas-. Necesito que me ayudes.
Taryn sospechó lo que se avecinaba.
– Me había preguntado por qué habrías traído el maletín -comentó con desenfado.
– ¿Tan previsible soy? Me han dejado en la estacada.
Su tía le explicó que uno de sus clientes más importantes le había confiado un informe muy complicado para que lo mecanografiara y ella se había comprometido a hacerlo.
– Pero Lucy -siguió su tía-, mi mejor chica, contrajo un virus y sigue de baja. Se lo di a otra chica y la verdad es que ha hecho un auténtico desastre.
– Lo haré encantada -se ofreció Taryn.
– ¿De verdad? -su tía sonrió de oreja a oreja-. ¡Qué alivio! Esa estúpida borró el original del ordenador. Aunque conservo su copia, tendrás que seguir el manuscrito para no caer en los mismos errores.
– No importa -aseguró Taryn-. ¿Para cuándo lo quieres?
– Le prometí al cliente que podría recogerlo mañana, en cuanto abriera la oficina.
– ¿Quieres tenerlo mañana a las nueve de la mañana?
Taryn comprendió que no podría dormir en toda la noche y empezó a arrepentirse de haberse ofrecido.
– Me odias, ¿verdad?
La verdad era que no podría meterse en el despacho hasta que los invitados se hubieran ido y encima su padre los invitó a tomar el té. Para colmo, unos amigos de su padre, a los que no veía desde hacía siglos, pasaron por su casa y todo empezó a escapársele de las manos. Taryn estaba ansiosa por ponerse con el informe, pero sabía que su madrastra no se lo permitiría hasta que ordenara la cocina después de que se hubieran ido los amigos de su padre.
Entonces, cuando todos se hubieron ido, su padre insinuó que tenía cierto apetito. Como no sabía ni cortar el pan, Taryn tuvo que prepararle algo de cena, y a Eva, claro.
