
Taryn no había pensado en lo que haría. Buscaría un trabajo porque era trabajadora, pero todavía no estaba preparada para ser secretaria de dirección de alguien que no fuera Brian Mellor y no sabía qué otra cosa podría ser.
– No sé si quiero volver a ser secretaria de dirección -le confesó a su tía.
– Harías bien cualquier cosa que te propusieras.
– Vaya, siempre me levantas la autoestima.
– ¡Con motivo! ¿Te acuerdas del trabajo de camarera que me hiciste cuando estabas en la universidad? Te habrían contratado permanentemente si hubieras querido.
Ese comentario hizo que su angustiada sobrina sonriera.
– A lo mejor vuelvo a contratarme de camarera -Taryn lo dijo con tono desenfadado-. Bueno, ya te he robado demasiado tiempo. Será mejor que me vaya a casa.
– Tengo entendido que la señora Jennings se ha marchado bastante bruscamente -comentó Hilary refiriéndose a la marcha del ama de llaves.
– Has hablado con mi padre.
– Esta noche te toca ser cocinera…
Taryn sabía que lo sería. A su madrastra no le interesaba mucho la comida y, aunque en un momento dado fue el ama de llaves, los asuntos domésticos le interesaban menos todavía. Si su padre tenía que comer, y él no sabía ni cocerse un huevo, era evidente que la elegida era su hija.
– Pronto encontraremos otra ama de llaves.
Taryn lo dijo con esperanza y agradeció que su tía no dijera que su madrastra perdería el tiempo si recurría a ella para encontrar a alguien.
– ¿Cuándo vas a marcharte de esa casa? -preguntó Hilary-. Llevas años diciéndolo.
– Lo sé y me encantaría hacerlo, pero cada vez que saco el tema, pasa algo horrible.
– ¿Como cuando tu madrastra se cayó la noche anterior a tu marcha? ¿Como la otra vez que te la encontraste con un pie vendado y sin poder moverse? Por no mencionar la vez que creyó que tenían que operarla hasta que sus males se curaron milagrosamente.
