
– ¡Estoy seguro! ¿Qué te pasa con los hombres casados?
– ¡Preferiría que no aprovecharas una confidencia para echarme una bronca sin motivo!
Taryn lo miró con rabia, pero Kate entró cargada con paquetes de compras y los miró con un gesto de haber captado las malas vibraciones.
– ¿Puedo ayudarte? -le preguntó Taryn con una sonrisa para disimular.
– Te juro que sólo quería comprar un par de cosas.
Jake, que no tenía interés por cuestiones domésticas, se fue a su despacho y cerró la puerta. Salió a las cuatro para ir a una reunión y le recordó a Kate que quería que se marchara a las cinco en punto.
A las cinco menos cuarto, Kate empezó a ordenar su mesa.
– ¿Quieres algo? -preguntó a Taryn antes de recoger las compras.
– Nada, gracias. Que pases un buen fin de semana.
Su fin de semana no era muy prometedor. Quizá llamara a Matt, pero lo más importante era encontrar un alojamiento. Sin embargo, todavía era más importante recoger su mesa antes de que Jake volviera de la reunión. Le faltó un minuto. Ya tenía el bolso colgado del hombro cuando Jake apareció por la puerta.
– Iba a marcharme -comentó ella intencionadamente.
Ante su sorpresa, Jake se quedó mirándola con una expresión seria en los ojos.
– Te debo una disculpa.
– ¿Te has dado cuenta de tus errores? -Taryn no estaba dispuesta a ponérselo fácil.
– Hablé con Kenton Harris después de la reunión.
– Evidentemente, te habrá contado algo de nuestra conversación.
– Me contó que, más o menos, lo mandaste a paseo hasta que esté soltero -Jake hizo una pausa-. Te he ofendido, ¿verdad?
Ella no quería un tono amable de él, la debilitaba. Cuando era arisco, ella también podía serlo, pero ese aspecto sensible la desarmaba.
– A veces puedes ser muy ofensivo -Taryn tragó saliva para contener las lágrimas-. Pero, por favor, no te pongas delicado conmigo, vas a hacerme llorar.
