El lunes ya había conseguido rehacerse y él también estaba amable, aunque algo distante. A ella le pareció bien. Aunque se había alegrado de conocer su lado sensible, también se alegraba de volver al terreno profesional.

– Te dejo esto para que lo firmes -dijo ella con tono amable y eficiente.

– Reserva una mesa para dos el sábado -ordenó él.

¿Quién sería la afortunada? Una punzada, que no podía ser de celos, la dejó helada.

Una vez en su mesa, Taryn deseó que Jake tuviera que irse a alguna reunión, porque la desquiciaba tenerlo en el despacho de al lado.

Sin embargo, el martes, él le comunicó que estaría fuera de la oficina hasta el lunes siguiente, por una serie de asuntos fuera del país, y eso tampoco le gustó.

El miércoles a las once, él llevaba unas horas fuera de la oficina y ya lo echaba de menos. La vida sin él alrededor no tenía interés. Además, Kate estaba resfriada.

– ¿Por qué no te vas a casa? -le propuso Taryn.

– No me importaría -contestó Kate, que acabó yéndose a las cinco.

El jueves apareció por la oficina con un aspecto tan lamentable que Taryn no pudo aguantarlo.

– Por favor, vete a casa. Aquí no hay nada por lo que tengas que preocuparte.

– ¿Estás segura de que puedes apañarte? -preguntó Kate.

– Claro -contestó Taryn con confianza.

– ¿Me llamarás si tienes algún problema?

– No habrá problemas, te lo prometo.

Taryn no paró un segundo desde el instante en que Kate se marchó. No pudo entender que Kate hubiera podido con todo aquello cuando estaba sola. Taryn trabajó durante la hora de la comida y tuvo muy claro que tendría que quedarse hasta muy tarde.

Sin embargo, todavía eran las cuatro y media cuando sonó el teléfono.



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