– Despacho del señor Nash, dígame…

– ¿Mucho trabajo? -preguntó una voz que le hizo un cosquilleo por dentro.

El tono frío del lunes y el martes había desaparecido y eso le gustó.

– Haciendo lo posible para ganarme el sueldo -contestó ella con una sonrisa.

– Se lo gana de sobra, señorita Webster -replicó él con tono afable.

– Gracias, señor Nash.

– Pásame a Kate, por favor -le pidió él.

– Mmm… Kate no está aquí en este momento.

– ¿Dónde está? ¿Se siente mal?

– Mmm… está un poco resfriada.

– No está en la oficina, ¿verdad? -preguntó Jake como si hubiera interpretado sus vacilaciones.

– Vino, pero tenía tan mal aspecto que insistí en que se fuera a casa.

– Bien hecho -la felicitó él con un tono muy cálido-. ¿Algún problema?

– No -lo tranquilizó ella.

– ¿Estás segura de que puedes hacerlo todo sola?

– Completamente segura -aseguró despreocupadamente.

– Entonces, hasta el lunes.

Taryn se preguntó cuándo volvería Jake a la ciudad. El sábado tenía mesa reservada para cenar en Almora, de modo que supuso que volvería el mismo sábado por la mañana.

Se quedó trabajando hasta muy tarde y acababa de llegar a su casa cuando se presentó su primo Matt.

– Necesito que me hagas un favor.

– Lo que quieras -se ofreció ella.

– Algunos compañeros de trabajo me miran con cara de lástima y necesito una chica guapa colgada del brazo para la cena con baile que da la oficina.

– ¿Soy la elegida?

Él era atractivo y simpático y estaba segura de que habría bastantes mujeres encantadas de salir con él. Sin embargo, todavía se consideraba casado, además de querer que Alison volviera, y le parecería injusto quedar con una de ellas.

– ¿Lo harías?

– Claro. Encantada. ¿Cuándo es?

– Mañana.

– ¡Matt…!

– Ya. Es un poco precipitado. Pensaba ir solo, pero he captado esas miradas de pena.



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