
– ¿A qué hora?
– A las siete.
El lunes Jake llegaría a la oficina antes que ella. El día siguiente era viernes y tenía que dejar hecho todo el trabajo antes de irse de la oficina por la tarde.
– ¿No puedes acompañarme? -le preguntó Matt al notar que había algo que la preocupaba-. ¿Tienes otro plan mañana?
– No, no es eso. Te parecerá una tontería, pero mañana estaré sola en la oficina y los viernes hay mucho trabajo. Es una cuestión de orgullo sacar todo el trabajo antes de marcharme.
Matt la conocía bien y no le parecía ninguna tontería.
– ¿Crees que tendrás que quedarte hasta tarde?
No lo creía, estaba segura.
– Es probable que haya terminado alrededor de las seis y media -calculó ella.
– No tendrás tiempo de volver a casa y arreglarte para que pase a recogerte -Matt meditó un instante-. ¿Qué te parece si te recojo en la oficina? Puedes cambiarte allí mismo. Además, puedo pasar a buscarte por la mañana y así no tendrás que llevar el coche.
– Aun así, no puedo asegurarte que esté preparada a las seis y media.
– No importa. Supongo que a esa hora ya se habrá ido casi todo el mundo. Aparcaré en la puerta de edificio y esperaré. No tenemos prisa por llegar a la charla de los aperitivos. Basta con estar sentados a las siete y media.
Antes de acostarse, Taryn estuvo preparando lo que se pondría al día siguiente. Quería estar especialmente guapa, por Matt.
Como habían acordado, al día siguiente, Matt se fue temprano a recogerla.
– Estaré aquí a las siete menos cuarto -dijo él cuando llegaron a la oficina de Taryn-. ¡Eres una joya!
– Ya… -Taryn salió corriendo.
Como Jake no estaba y ella no quería que todo el mundo viera el vestido, lo llevó al cuarto de baño con la bolsa de zapatos y de ropa interior. Kate llamó para preguntar qué tal iban las cosas y Taryn notó, por la voz, que no había mejorado.
