
Lo pasó muy bien. Matt le presentó a todo el mundo y tampoco dijo que eran primos.
– Gracias, Taryn -dijo él cuando la llevó de vuelta a casa-. Creo que ya no voy a volver a ver ninguna mirada de compasión.
Ella pensó que exageraba. Había notado que todo el mundo lo apreciaba mucho.
– Cuando quieras… cariño.
Se despidieron con unos besos en las mejillas y ella entró en su casa.
El sábado se propuso firmemente buscar un alojamiento, pero sabía que no estaba en la mejor disposición para buscarlo. Cada dos por tres, se le aparecía la imagen de Jake que entraba en el cuarto de baño. ¿Tendría que disculparse? ¿Se había disculpado ya? No podía recordarlo y no le extrañaba. Sólo podía acordarse de que él había entrado en el baño y ella se había quedado paralizada y como Dios la trajo al mundo.
Cuando llegó a la oficina el lunes, todavía no sabía qué hacer sobre las disculpas.
Se alegró de ver a Kate porque evitaría tener que pasar todo el día a solas con Jake. Seguía teniendo mal aspecto, pero había mejorado notablemente. Sin embargo, el jefe, quizá para no cargarla con demasiado trabajo, llamó a Taryn cuando tuvo que dictar una cosa. Ella había decidido que se había pasado el momento de disculparse. Pero nada más sentarse, preparada para tomar notas, levantó la cabeza y se dio cuenta de que el que no estaba preparado era él. Jake también la miró y Taryn notó que se sonrojaba.
– Espero que lo pasaras bien el viernes por la noche.
– Siento lo que pasó. Me refiero a lo de la ducha.
– Fue… mmm… toda una revelación -susurró él con desenfado.
Ella volvió a sonrojarse al ver el brillo perverso en sus ojos.
– No volverá a pasar -afirmó ella con timidez.
– No sé por qué, pero lo sospechaba -replicó con una sonrisa.
Ella no contestó. Se limitó a mirarlo dando a entender que daba por zanjada esa conversación y que estaba preparada para tomar notas.
– ¿Qué hay entre Matt Kiteley y tú?
