
– ¿Por qué? ¿Tienes algún otro hombre casado mordiéndose las uñas? -preguntó él con un tono muy desagradable.
– Lo reservo para el sábado -contestó ella con dulzura-. ¿Quieres algo más?
– Kate te pondrá al tanto del viaje -contestó él ariscamente.
La cabeza le daba vueltas cuando se fue de la oficina. Kate se había ocupado de las reservas y le había propuesto que se llevara el ordenador portátil.
– A veces, a Jake le gusta repasar lo que has anotado durante el viaje de vuelta. Así que cuantas más cosas mecanografíes, mejor.
– ¿Estarás bien tú sola? -preguntó Taryn.
– Jake me ha dicho que si me siento desbordada, me traiga a Dianne Farmer para hacer el trabajo más arduo.
Taryn sabía que tendría que sentirse muy desbordada para pedirle a Dianne que la ayudara. Cuando llegó a su casa, también sabía que realmente quería ese puesto. Le encantaba el trajín, el trabajo y, efectivamente, también le encantaba él cuando no se portaba como un bárbaro. Además, quería tener una carrera profesional como secretaria de dirección y ése era el mejor sitio para adquirir experiencia.
A la mañana siguiente, cuando iba hacía el aeropuerto, llevaba un traje azul marino.
– Taryn… -la saludó amablemente Jake mientras la miraba de arriba abajo-. ¿En forma?
Ella no estaba segura, pero sí sabía que él parecía en forma, aparte de atractivo, mundano y sofisticado. El corazón se le desbocó y se sintió desarmada.
Fueron directamente al hotel en cuanto aterrizaron, pero se quedaron sólo lo justo para dejar las bolsas. Los llevaron a la empresa Bergoni y a partir de ese momento todo fue trabajo y más trabajo. Cuando fueron a comer, Jake siguió hablando de trabajo con el director de la empresa y ella se sentó al lado de su secretario, un hombre de veinte muchos años que se llamaba Franco Causio y que, sin dejar de hacer su trabajo, la invitó a salir esa noche.
– Me temo que voy a estar ocupada -contestó ella que había captado la mirada de enojo de Jake.
