
– Tienes buena memoria.
– Eva Webster será tu madrastra, pero yo la conozco desde hace mucho tiempo.
La conocía desde mucho antes de que la madre de Taryn abandonara a su marido y le dijera, al día siguiente del décimo quinto cumpleaños de Taryn, que se había enamorado de otro hombre. Ella se marchó y Eva Brown, una viuda en situación precaria, entró como ama de llaves. Sin embargo, el día que se casó con Horace Webster decidió que también habían terminado sus obligaciones domésticas.
– Esa mujer te tiene de criada -siguió Hilary-. Además, espera que estés agradecida por vivir bajo su mismo techo.
Taryn, aunque sabía que su tía decía la verdad, no contestó.
– ¿Qué tal está mi primo favorito? -preguntó para cambiar de tema-. ¿Has sabido algo de Matt?
– Está muy ocupado, pero me llama de vez en cuando.
– Dale un abrazo de mi parte la próxima vez que hables con él. Ya te he entretenido bastante tiempo -añadió Taryn mientras se levantaba.
– ¿Te encuentras mejor? -le preguntó su tía de camino hacia la puerta.
– Mucho mejor -contestó Taryn por educación más que por otra cosa.
– Dentro de veinticuatro horas lo verás de otra manera -la tranquilizó Hilary.
Taryn se montó en el coche y fue hasta su casa con la esperanza de que fuera verdad, pero, de momento, sólo se encontró con el saludo de su madrastra.
– ¿Qué está pasando? -le preguntó Eva-. Brian Mellor ha llamado dos veces para hablar contigo. También te ha llamado al móvil, pero lo tienes apagado.
– Ya…
Taryn se acordó vagamente de que lo había apagado poco después de llamar a su tía. No quería hablar con Brian.
– Llámalo. ¿Qué puede querer?
– No tengo ni idea. ¿Has hecho algo para cenar?
– Tenía una migraña.
Taryn le preguntó si ya estaba mejor y se fue a la cocina.
