– Tendrás que mirarte la vista cuando volvamos, ¿no?

Él se tranquilizó y se rió.

– Yo ya estoy preparado para la cena. ¿Cuánto tardarás?

Taryn lo miró fijamente. Había comido muy abundantemente y no había pensado en ir a cenar, pero era evidente que él esperaba que lo acompañara.

– La verdad es que no tengo hambre.

– Tienes que comer algo.

– No, de verdad. Si luego tengo hambre, pediré algo al servicio de habitaciones. Además, tengo que terminar el trabajo cuanto antes.

Jake pareció desconcertado, como si no estuviera acostumbrado a que alguien rechazara una invitación suya para cenar por culpa del trabajo.

– Como quieras.

Tardó un siglo en poder trabajar otra vez. Jake la había considerado guapísima… Sin maquillaje y el pelo de cualquier manera… ¡Y ella había rechazado cenar con él! Taryn reconoció que tenía una sensación muy especial cuando estaba cerca de él. Acababa de dominarse cuando sonó el teléfono. Era el servicio de habitaciones…

– El señor Nash nos ha dicho que quería pedir algo…

Si bien pensó que él lo habría hecho para que comiera y siguiera rindiendo como secretaria, también pensó que era un encanto por acordarse de ella.

– Un… sándwich de queso y un café, por favor.


A la mañana siguiente, Jake hizo todo lo posible por demostrarle que no había habido nada personal ni en su comentario sobre su belleza ni en su afán por que ella comiera. Se mostraba cortés cuando había alguien alrededor, pero no estando a solas no podía ser más frío.

A ella le pareció bien. Tendría que haberse vuelto loca para pensar que era un encanto. Alrededor de las cuatro de esa tarde volvieron al aeropuerto. Ya se había deshecho del montón de papeles que había mecanografiado la noche anterior, pero todavía le quedaba otro montón para cuando se sentara en su mesa el lunes. No obstante, como si desdeñara sus esfuerzos, Jake se pasó todo el vuelo tomando sus propias notas. Como, además, tampoco había estado amable, se alegró de no tener que volver a verlo hasta el lunes.



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