– Bueno, creo que te has saltado algo.

Ella estaba segura de que no se había saltado nada, pero también sabía que el jueves por la noche, cuando terminó el trabajo, estaba agotada.

– Intentaré ir.

Taryn sabía que con el astronómico sueldo que le pagaba, estaba obligada a ir.

– ¿Lo intentarás…?

Él lo dijo con brusquedad y ella lo detestó, pero no estaba dispuesta a ceder.

– ¿Cuánto tiempo crees que tardaremos? -preguntó ella con tono retador.

– Lo que haga falta, pero no es necesario que traigas cepillo de dientes -contestó él.

¡Iba listo! A las siete tenía que estar en el hotel Irwin. Colgó y volvió a descolgar.

– Ha surgido una cosa -le explicó a su tía-. No debería pasar nada, pero existe la remota posibilidad de que llegue un poco tarde al hotel Irwin. Iré con toda seguridad, pero, por si acaso…

– Llamaré al señor Buckley y se lo diré. Quiero que vea que mi agencia es muy seria.

Taryn, con el maletín, el ordenador portátil y una falda negra en el asiento trasero, además de una blusa blanca en una percha, se sentía echa un lío mientras iba a casa de Jake. Se sentía atraída por él, aunque en ese momento lo detestaba. Su casa estaba en una zona muy selecta de Londres y tardó veinte minutos en aparcar.

– Pasa -la invitó él cuando abrió la puerta-. ¿Quieres beber algo? -preguntó una vez en el vestíbulo.

– No gracias -eran casi las cinco y tenía que salir pitando.

– ¿No has avisado de que llegarás tarde a tu cita?

– Él esperará -contestó con una dulzura sarcástica.

Jake gruñó algo y la acompañó al despacho. Empezaron a repasar las notas manuscritas para contrastarlas con el texto mecanografiado.

– ¡Ah…!

Estaban llegando al final cuando él le enseñó el error. Era un baile de letras mínimo, pero el significado cambiaba completamente. Jake le ordenó que volviera a escribirlo, se levantó y miró el reloj.



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