
– Tengo que ducharme y cambiarme. Si quieres hacerte un sándwich…
– Me quitaría las ganas de cenar -ella también miró el reloj. ¡Eran las seis y media!
– En ese caso… -murmuró él mientras se marchaba.
¡Tenía que volver a escribirlo todo! Enchufó el ordenador portátil y a los veinte minutos ya tenía corregidas e impresas las últimas siete páginas. No podía perder más tiempo. Dejó todo el documento donde él pudiera verlo, se guardó las notas manuscritas en el maletín y se marchó como una flecha sin despedirse.
Taryn llegó al hotel a las siete y veinte. Con la falda y la blusa en la mano, fue al mostrador de recepción donde la esperaban un chico y una mujer mayor, que resultó ser la señora Buckley, la mujer del director.
– Siento el retraso -se disculpó-, pero parece que tienen la recepción cubierta y no me necesitan.
– Creíamos que no vendría, pero necesitamos toda la ayuda posible -replicó la señora Buckley-. Una camarera está de baja. ¿Ha trabajado alguna vez de camarera?
Antes de darse cuenta, estaba en el salón de banquetes con la falda negra, la blusa blanca y un delantal también blanco. Había perdido práctica, pero pronto se adaptó. El salón estaba repleto. Casi todos eran hombres de negocios, pero no tenía tiempo para mirarlos. No lo tuvo hasta que se sirvió el primer plato y ella y los demás camareros volvieron a sus puestos. Taryn comprobó que los comensales que le correspondían no necesitaban nada y echó una ojeada alrededor. Sintió como un fogonazo. Abrió los ojos como platos por el espanto y se quedó clavada en el suelo. Uno de los comensales no hacía ningún caso a la comida y la miraba muy fijamente y con expresión de pasmo. Era Jake. ¿Qué hacía allí? ¡Tenía que estar en el Raven! Quiso salir corriendo, pero tenía que pensar en la reputación de la agencia de su tía. Se consoló al pensar que, por lo menos, no tenía que servir su mesa, pero también supo que aquello tendría consecuencias.
