
Brian no dejó ningún mensaje y, en cuanto colgó, Eva quiso saber, con todo lujo de detalles, por qué la llamaba a casa cuando tendría que estar en la oficina.
– Ha habido… He dimitido -declaró Taryn.
– ¡Es una pena que no se lo hayas dicho a él!
– Le mandaré una nota.
– ¡Te has largado! -el tono fue de acusación.
– Yo… no sabía si quería seguir siendo secretaria de dirección.
Taryn se sonrojó por lo descarado de la mentira, pero como no sabía qué quería hacer, quizá no fuera tan descarada. Eva, por su parte, vio ante sí una oportunidad que no quiso desaprovechar.
– Vaya, ¿no te parece increíble? Podrías quedarte con el trabajo de la señora Jennings.
– Yo… no estoy segura de querer ser vuestra sirvienta -replicó Taryn.
– No pensarás quedarte todo el día en casa sin hacer nada -le reprochó quien dominaba el arte de no hacer nada.
Como no quería pasarse la semana siguiente sin contestar el teléfono, Taryn redactó su dimisión formal y esgrimió circunstancias imprevistas como excusa para haberse marchado. Él le mandó una nota manuscrita en la que se disculpaba por haber traspasado la línea entre el jefe y su secretaria de dirección. Además, declaraba que su única excusa era considerarla más como a una amiga que como a una empleada. Le prometía que no volvería a pasar, pero aceptaba su dimisión si no le quedaba otro remedio. Aun así, si ella cambiaba de idea alguna vez, siempre encontraría un trabajo en Mellor Engineering.
A Taryn le costó contener las lágrimas cuando leyó aquello. Le pareció que nunca lo había amado tanto como en ese momento. Sin embargo, no podía volver.
Taryn llevaba dos semanas cocinando, limpiando y añorando ir a trabajar a Mellor Engineering.
– ¿Qué exquisitos sándwiches vas a preparar para esta tarde? -le preguntó Eva al entrar en la habitación.
– ¿Sándwiches?
– Tengo partida de bridge.
– Bueno, puedo hacerlos de salmón y pepino y poner pastelillos después.
