– No dudo, Forbassach de Fearna, de lo profundo de vuestras declaraciones, pero no les acabo de comprender -contestó Fidelma lentamente, permitiéndose una sonrisa para relajarse un poco.

Forbassach se ruborizó.

– ¿Os mostráis insolente conmigo, hermana? ¿Sois la mismísima hermana de Colgú y sin embargo pretendéis…?

– Disculpad, Forbassach.

Una voz calmada y masculina interrumpió la réplica con tono colérico del brehon.

Fidelma alzó la mirada. A su lado había un joven de su misma edad, aproximadamente. Era alto, de casi seis pies, e iba vestido de guerrero. Estaba bien afeitado, tenía el cabello castaño y rizado y a primera vista parecía duro pero atractivo. Sus rasgos resultaban agradables. Fidelma no tenía tiempo para una valoración más detenida. Se percató de que llevaba una gargantilla de oro retorcido y trabajada con ricos adornos que mostraba que era un miembro de la Orden del Collar de Oro, la guardia de élite de los reyes de Muman. Se giró hacia ella con una sonrisa amable.

– Disculpad, sor Fidelma. Tengo órdenes de daros la bienvenida a Cashel y de acompañaros al momento hasta vuestro hermano. ¿Os importaría seguirme…?

Fidelma vaciló, pero Forbassach se había alejado frunciendo el ceño en dirección a un grupito que estaba murmurando y lanzando miradas hacia ella. Estaba perpleja. Pero dejó estar ese asunto y empezó a seguir al joven soldado por el vestíbulo enlosado, apresurándose lo justo para mantener su paso sin prisa pero ligero.

– Yo no lo entiendo, soldado -dijo jadeando un poco al esforzarse en seguir su ritmo-. ¿Qué hace aquí Forbassach de Fearna? ¿Por qué está de tan malhumor?

El soldado dejó ir un sonido sospechoso, como un soplido despectivo.



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