
– Buenos días os dé Dios, hermano -lo saludó Fidelma con una sonrisa, intentando iniciar una conversación-. ¿Por qué hay caras tan largas en este lugar?
El monje se dio la vuelta y se quedó mirándola con severidad; parecía que su rostro se volvía incluso más lúgubre.
– ¿Acaso os esperabais diversión en un momento como éste, hermana? -resopló con aire de desaprobación, se giró y se fue antes de que Fidelma pudiera pedir más explicaciones.
Fidelma se quedó por un momento desconcertada y luego lanzó una mirada a su alrededor en un intento de encontrar un alma más comunicativa.
Vio a un hombre de rostro delgado que la contemplaba con arrogancia. Cuando levantó la mirada y se vio altaneramente examinada, le sobrevino un recuerdo. Antes de que pudiera articularlo, el hombre había avanzado hacia ella.
– Así pues, Fidelma de Kildare -dijo con voz frágil y sin calidez-, parece que vuestro hermano Colgú os ha hecho venir…
Fidelma estaba sorprendida por su tono hostil, pero respondió saludando con una sonrisa al identificar al hombre.
– Os reconozco, sois Forbassach, brehon del reino de Laigin. ¿Qué hacéis tan lejos de Fearna?
El hombre no le devolvió la sonrisa.
– Tenéis buena memoria, sor Fidelma. He sabido de vuestras hazañas en la corte de Oswio de Northumbria y del servicio que cumplisteis en Roma. Sin embargo, vuestro talento no servirá de nada en este reino. El juicio no se verá impedido por vuestra brillante reputación.
Fidelma sintió por un momento que la sonrisa se le helaba. Era como si se le hubieran dirigido en un idioma extraño y ella intentara evitar que su rostro revelara que no comprendía nada. El brehon Morann de Tara le había advertido de que un buen abogado no tenía que dejar nunca que el adversario supiera lo que estaba pensando y, ciertamente, Forbassach le estaba indicando que, en cierta manera, era su adversario; sin embargo, no era capaz de adivinar a qué se debía.
