El guerrero dejó ir un silbido y se puso firme.

– Pasad, señora. Esperábamos vuestra llegada.

Se volvió a retirar hacia las sombras para continuar su incómoda tarea de centinela frente a los peligros de la noche.

Fidelma siguió guiando a su caballo por entre las estrechas y oscuras calles de la ciudad. Sus oídos percibían el sonido de risas ocasionales y de una música animada procedente de algunos de los edificios junto a los que pasaba. Atravesó la plaza de la ciudad y se encaminó hacia el sendero que ascendía sinuoso hasta la cima de la colina rocosa. Ésta estaba habitada desde tiempos inmemoriales. Los antepasados de Fidelma, los Éoganacht, los hijos de Eoghan, se habían establecido allí hacía trescientos años cuando reclamaron para sí el trono de Muman, haciendo de la roca su centro político y luego eclesiástico.

Fidelma conocía cada pulgada del terreno, pues su padre, Failbe Fland, había sido rey de Cashel.

– ¡No sigáis avanzando! -chilló una voz débil y aflautada, despertando repentinamente a Fidelma de su ensoñación.

Fidelma se detuvo bruscamente y bajó la mirada sorprendida hacia la figura amorfa que había saltado delante de su caballo para cortarle el paso. Sólo por la voz pudo Fidelma darse cuenta de que aquel revoltijo de pieles y harapos era una mujer. La figura estaba en cuclillas, empapada por la lluvia, y se apoyaba en un bastón. Fidelma se acercó pero no era capaz de distinguir los rasgos de la mujer. Que era vieja resultaba obvio, pero todo quedaba a oscuras salvo, gracias a la luz de un rayo, la visión fugaz del cabello blanco empapado por la lluvia y pegado a su cara.

– ¿Quién sois? -inquirió Fidelma.

– No importa. ¡No avancéis, si valoráis vuestra vida!

Fidelma arqueó las cejas con sorpresa ante tal respuesta.

– ¿Qué es esta amenaza, vieja? -preguntó con dureza.



7 из 303