– No es una amenaza, señora -se carcajeó la bruja-. Simplemente os aviso. La muerte se ha instalado en ese lúgubre palacio de allá. La muerte abarcará a todos los que vayan allí. ¡Dejad este lugar miserable si valoráis vuestra vida!

Un relámpago repentino y el retumbo de un trueno distrajeron por un momento a Fidelma mientras intentaba calmar a su inquieta cabalgadura. Cuando se volvió a girar, la vieja había desaparecido. Fidelma apretó los labios y se encogió de hombros. Luego hizo avanzar a su caballo por el camino hasta llegar a las puertas del palacio de los reyes de Muman. Dos veces más le dieron el alto durante el ascenso y una y otra, al responder ella, los soldados la dejaron pasar con señales de respeto.

Un mozo de escuadra vino corriendo a hacerse cargo de su caballo mientras ella por fin descendía de su caballo en el patio enlosado, que estaba iluminado por trémulas linternas vacilantes que danzaban con el viento siguiendo misteriosos movimientos. Fidelma sólo se detuvo para acariciar a su caballo en el hocico y retirar su alforja de cuero y luego se apresuró a grandes zancadas hacia la puerta principal del edificio. Ésta se abrió para recibirla antes de que la golpeara.

Ya en el interior se encontró en un amplio vestíbulo, caldeado por un gran fuego crepitante en un hogar situado en el centro y casi tan grande como una estancia pequeña. El vestíbulo estaba lleno de personas que se giraron para mirarla y susurraron entre ellas. Un criado se adelantó para cogerle la bolsa y ayudarle a quitarse la capa de viaje. La muchacha sacudió la prenda empapada por la lluvia y se la quitó de los hombros y corrió a calentarse al fuego. Un segundo criado, según le dijo el primero, había ido a informar a su hermano Colgú de que ella había llegado.

Entre la gente que estaba en el gran vestíbulo del palacio examinando con curiosidad su figura empapada, Fidelma no vio ningún rostro familiar. En el vestíbulo se respiraba un aire de estudiada solemnidad. De hecho, Fidelma percibió una profunda melancolía en el lugar. Incluso una atmósfera de hostilidad. Un religioso de rostro adusto, con las manos juntas como en manifiesta actitud de plegaria, estaba a un lado del fuego.



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